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El contable de Caronte

Aquella mañana estaba en mi oficina viendo cómo las facturas se iban amontonando como una erección de papel que se hacía más y más grande cada vez. La crisis había llevado a la ruina a la mayoría de mis clientes, algunos de los cuales habían usado sus últimos cuartos para asegurarse un pequeño negocio montando un bar. Otros sencillamente se habían largado a algún retiro dorado dejando innumerables deudas pendientes, entre ellas las mías… Sí, soy contable. Y de los buenos. Mejor no preguntéis entre qué piernas tenía la cabeza para no verlo venir…

Como decía, aquella mañana estaba rezando al cielo a cualquier dios que me escuchara, prometiéndole que me convertiría a su correspondiente religión si me sacaba de encima a la media docena de cobradores del frac que tenía acosándome en la puerta de la calle. De repente, una espectacular mujer de ojos fríos y duros apareció como de la nada entre humo y fuego, chamuscándome la alfombra de Ikea del despacho. Resulta que se llamaba Némesis, y me dijo que solía trabajar de Diosa de la Venganza, y que un amigo suyo le había pedido un favor. Este amigo, un tal Caronte, parece ser que tenía un negocio muy lucrativo. Entendí que era algo así como una agencia de viajes especializada en cruceros, en aquél momento no me quedó muy claro. Lo que sí parecía evidente es que trabajo no le faltaba, a tenor de las cifras de las que me habló Némesis.

Para resumir, y sin entrar en detalles (debo proteger la confidencialidad contable-cliente), al tal Caronte una tal Parca le había soplado que yo estaba a punto de requerir sus servicios (ni que yo tuviera dinero para irme a navegar), pues iba a sufrir un “accidente” a cuenta de un dinerillo que yo adeudaba a unos señores que me habían prestado algunos cuartos que me gasté jugando al mus y que ellos me insistían en que devolviera de una vez… En definitiva, que me contrataba mis servicios, para que llevara sus cuentas, porque no se fiaba de los bancos, y tenía todo el fruto de su trabajo en efectivo. Concretamente, en monedas.

Ahora vivo como un ermitaño en una cueva donde se amontonan infinidad de piezas pecuniarias de todas épocas y países. Caronte, en efecto, se ha convertido en mi jefe. La Parca me ha dicho que de momento me deja en paz, y Némesis ha corrido un velo sobre aquéllos que me querían mal. No hay nada como estar bien relacionado…

Soy QWS, el ermitaño, y soy el contable de Caronte. Paso los días contando los óbolos que mi jefe recauda de las cuencas de los ojos de los muertos. Es un trabajo duro, sí, pero alguien tiene que hacerlo…

(Mi jefe)

(Mi jefe)

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